lunes, marzo 02, 2009

Macarrones con sardinas


Da gusto cuando se devuelve a la mar un velero después de haberlo acicalado unos días en el varadero. Su obra viva recién pulida y pintada parece patinar suavemente sobre el agua y no me cabe duda de que el barco gana algún nudito en velocidad. Esto pensaba yo esta mañana cuando he salido a la mar para hacerme dos o tres bordos, gozar esta sensación de casco límpio y regresar a puerto para comer. Justo antes de zarpar tomé la decisión de dar por terminada mi salvaje dieta de régimen por lo que mi único kilo de peso rebajado iba a ser celebrado en el pequeño restaurante japonés del puerto. Así debiera haber ocurrido pero durante el trayecto me he sentido totalmente arrebatado por un radiante sol, una maravillosa mar y una persistente brisa casi primaveral del sudeste, ideal para seguir navegando medio adormilado, dejándome llevar mar adentro. La cuestión es que al cabo de unas horas, cuando mi cabreado estómago me empieza a incordiar, estoy a unas veinticinco millas de la costa. Si doy media vuelta ahora, no llegaré a tierra hasta el anochecer por lo que lo mejor será comer a bordo de lo que encuentre.

Justamente antes de entrar en dique seco, vacié la despensa y el frigorífico de todas aquellas provisiones que pudieran echarse a perder. Urgo por todos los rincones donde suelo guardar provisiones enlatadas y sólo encuentro unas latas de sardinas en aceite, otra lata de berberechos, un pote de mahonesa que caduca la semana que viene, medio paquete de café molido y una bolsa de macarrones.
Hiervo los macarrones al dente y al final les añado las sardinas bien escurridas del aceite. Salpico todo con unas gotas de vinagre, agregando dos buenas cucharadas soperas de salsa mahonesa, remuevo bien y adorno el conjunto con perejil deshidratado. 
No se si ha sido a causa de mi voraz apetito o de cualquier otro meteoro pero la verdad es que los improvisados macarrones con sardinas de lata me han sabido a gloria. De aperitivo, me he zampado la lata de berberechos. De beber, no hay problema: en el frigorífico nunca falta un buen vino blanco.
Era de noche cuando he regresado a puerto, la temperatura también había regresado a su invierno y un abrigado marinero me ha ayudado a amarrar.

3 comentarios:

Lalodelce dijo...

Ves que se puede comer en un abrir y cerrar de latas y ojos ... y además se ve exquisito. Sabes qué me antojo? Un pastel de berberechos y un vino blanco seco y frio ... mmm.
Me alegra que hayas dejado la dieta, Joanet!

Camille dijo...

Hay algo mejor que saltarse la dieta y además con pasta?. Sabes? es una receta que nunca se me hubiese ocurrido pero ahora, al leerte, se me ha antojado de lo más apetitosa (o será mi dieta? jajajaja).
lalodelce...siempre hablando de pasteles...ainssssss

joanet dijo...

Yo sabía de la existencia de spaghetti con sardinas (y no de lata, claro) pero yo sólo tenía macarrones y la verdad estaban buenos. Creo que también ayuda si las sardinas son con aceite de oliva.
Es cierto Camille, ya hemos descubierto dos debilidades de Lalodelce, los pasteles y el vino blanco!